«UN PAÑUELITO DE CUELLO»

No recuerdo muy bien por qué estaba yo aquel fin de semana en Sevilla. Supongo que algún sarao sería el culpable de ese viaje que incluía noviomaromo y un maletón llenito de un montón «porsiacasos». De eso sí que me acuerdo, porque ninguna chica cocodrilo que se precie viajará jamás sin su maleta llena de cosas inservibles que sabe que no le dará tiempo a usar y, menos aún, en día y medio. Aunque, si bien es cierto, en aquella época de mediados de los noventa, te lo podías colocar todo —cual Vírgen Macarena un jueves santo de madrugá— y no pasaba absolutamente nada.


Sí fabusmías , aquel fue el momento culmen de un barroco elevadísimo a niveles platerescos-churriguerescos, en el que si no cumplías la máxima de «MÁS ES MÁS Y CUÁNTO MÁS MEJOR», no eras nadie, amiga. Sí, tú, que si también tienes cuaimuchos, no se te vaya a ocurrir negarlo, porque solo te estarías engañando a ti misma y eso es malo para la salud mental, ya te lo digo.

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Y en todo este jaleo de «melocuelgotó»… allí que íbamos mi noviomaromo y yo paseando por la sevillanísima calle Sierpes —después de habernos zampado una pedazo de palmera de huevo en la pastelería La Campana, como está mandao—, cuando nos topamos de bruces con un escaparate como no había visto jamás en la vida.
¡Qúe elegancia más sublime!
¡Qué colores tan perfectos!
¡Qué composiciones tan excelsas!
¡QUÉ TONTA E INOCENTE ERA, POR DIOS SANTO!
Esa Mamencita que, en sus monísimos dieciocho años (que todo hay que decirlo) año arriba, año abajo —ese detalle no aporta nada a la complejísima trama que nos ocupa—, no había recorrido más mundo que el que iba desde mi Cordobita la llana hasta una playa malagueña y volver. Por lo que tampoco había tenido nunca delante de mis ojos una moda tan bella y refinada.
Y claro está, yo me dije: ¡TATE, ESTA ES LA MÍA!
—¡Ayyyyyyyyy! ¡Pero qué preciosidades! —momento exacto en el que se produjo un tirón de la mano al noviomaromo hasta dejarlo con la nariz aplastada en el cristal del escaparate. —Pero ¿tú habías visto alguna vez ropa más bonita? ¡Qué blusa! ¡Qué pantalón! ¡Qué americana! Si hasta los pañuelos de cuello son una maravilla. ¡Anda… bobo… regálame algo que me lo lleve de recuerdo de este maravilloso fin de semana!
Todo esto dicho del tirón, sin necesidad alguna de respirar, puesta de puntillas para que mi tierna mirada de perrito a mediomorí, contactara directamente con los ojazos de mi chico y, por supuesto, mi irresistible sonrisa pícara de «venga tonto, que ya verás como después hay recompensa».

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Y dicho y hecho.
Allí, que el valiente de mi novio me suelta de la mano para sujetar con fuerza el enorme y moderno tirador de la puerta y adentrarse en aquella tienda de ensueño solo para hacerme feliz (o para ganarse la recompensa que se supone que a posteriori tendría, que todo puede ser). Pero antes, él, luchando a pulso por el título de «no hay otro más romántico que yo» me dice a modo de James Bond andaluz:
Niña, tú quédate aquí, que voy a sorprenderte.
Ese día aprendí los tres mandamientos más importantes sobre COMPRAS que toda chica cocodrilo debe llevar en su ADN desde que nace. Porque no hay que esperar a ser una chavalita estupenda para no sufrir, ni hacer padecer a tu noviomaromo semejante vergüenza, como yo hice.
Helos aquí:

  1. Conoce los nombres de las grandes firmas de moda y observa que ninguno de ellos sea el que aparece sobre el escaparate con el que acabas de quedarte obnubilada.
  2. Si aún así, ese escaparate te ha dejado tan loca como el anillo de poder a Gollum, lo primero que deberás hacer SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, aunque esté escrito a boli y por muy pequeña que sea la etiqueta, será mirar el PRECIO de ABSOLUTAMENTE TODAS esas prodigiosas prendas.
  3. Si ya tienes claro las dos premisas anteriores pero además vas con noviomaromo incluido en ese momento, ni se te ocurra decirle, al pobre chavalito, que te regale ninguna de aquellas maravillas si no tienes la certeza de que puede PAGARLAS y, mucho menos, permitirle que ENTRE SOLO. Habrás conseguido que se sienta como una rechazada Pretty Woman de la vida y, después de ese incomparable varapalo, solo querrá regalarte algo que sí pueda pagar: sea lo que sea, comprado donde sea y por muy horrible que sea. Y claro, tú ahí ya no podrás quererle más ni negarle nada… ni la recompensa que tu mirada le había prometido cuando el regalo se suponía que iba a ser una preciosidad (es que todo hay que hilarlo muy fino, guapa).

¡Ángelito mío! ¡Qué poema su cara! Ni Shakespeare hubiese tenido palabras para describir la tragedia griega que mi pobre chavalito acababa de sufrir.
—Nada niña, que no puede ser.
—¿Cómo que no puede ser? Pero si todo es ideal (ahí me lo hice de pija totalis, que era lo que pegaba en el momento) ¿Algo habrá que le quede bien a este cuerpecito serrano y que te guste ¡digo yo!? (y aquí volvió la Mari que llevo dentro ¡qué le vamos a hacer!)
—Que no chiquilla, que es todo como muy rimbombante, como de señora mayor.
—De señora mayor ni de señora mayá ¡Qué sabrás tú! Anda, tira pá dentro que verás que rapidito encuentro yo cosas divinas.
—Hazme caso y no entres.
—Pero ¿por qué no voy a entrar? ¿muerden o qué?
—¡Eah! Ella, que me tiene que llevar siempre la contraria en todo ¡Habrase visto una mujé más cabezona! Niña, que todo es carísimo, que ahí dentro no hay nada que podamos comprar.
—¡Hiiiiiiiiiiijo mío! Pero qué exagerado que eres. Algo habrá, ¿a ver si ahora vas a venir tú a decirme que no puedo comprarme ni un triste pañuelito de cuello?
Y así era, amigas. NO PODÍA.
¡HERMÈS! Fabusmías, era una puñetera tienda de ¡HERMÈS! Pero en ese momento, en aquel lugar y a mis rebonicos dieciocho o los que fuesen, ni yo sabía lo que era Hermès, ni mis aún tiernas neuronas habían imaginado jamás que una pañuelo de cuello pudiese costar casi doscientas mil de las antiguas y divinas pesetas. ¡NUNCA MAIS!
Las camisas de pañuelos, las llamaban. ¡Ainsss! Aquello sí que era clase y no los «entremezclamientos» que hacían algunas (no me doy por aludida, ni me deis por incluida, por favor ¿o sí?… bueno, que cada una arree con sus propios pecados).
Bellos estampados que evocaban la naturaleza y los más delicados tejidos naturales en sus pañuelos, camisas, faldas, vestidos, pantalones, americanas y hasta en las modernísimas bombers… ¿Cómo iba a consentir el mercado que nosotras, las estilosísimas niñas de barrio, no pudiésemos lucir tales prodigios de la moda? En menos de un año y antes de que Don Amancio abarrotase sus Zaras de caballos y espuelas, todos los mercadillos de España se llenaron de Hermès, Versaces, Guccis, Pradas y Loewes, cuyos estampados eran como una caricatura mala de los auténticos, y sus tejidos tan delicados y naturales como el más puro poliester (si veías la llama de un mechero, allá que tenías que echar a correr si no querías arder a lo Bonzo).
Y nosotras lo compramos todo. Sí chavalitas, lo hicimos, y además lo paseamos como lo hacían las Tops con los modelazos genuinos en las pasarelas del mundo, es decir, convencidísimas de que éramos lo más.
Como lo hicieron todas las generaciones anteriores, como en su día lo harán las critaturitas de ahora y también las que vendrán, lo único que se me ocurre deciros es. ¡NO MIRÉIS LAS FOTOS, POR TUTATIS! Duelen, hacen mucha pupa.
Dicen que, como todo en la vida, la moda también es cíclica y, el pasado año, Don Amancio amenazó con instaurar de nuevo las blusas y vestidos de «pañuelos». Menos mal que, CASI TODAS, supimos huir de ellos más rápido que el Correcaminos del Coyote. Pero, como de todo se aprende y nosotras, que siempre hemos sido muy espabilás, ya nos las sabemos «toítas» (más bien por el grado de experiencia que por la avanzada edad, que de verdad que no hace falta recordarla ni aquí ni en ningún otro sitio), ahora y por fin, tenemos soberanamente claro LO QUE SÍ, LO QUE NO Y LO QUE NUNCA.
Fabus, vamos a hacer un PODER para no tropezar dos veces con el mismo escaparate*

*Aplíquese también a maromos, amistades, curros y jefes/as toxicos del tó. De esos que hacen pupa, pero de verdad de la buena.

6 respuestas a “«UN PAÑUELITO DE CUELLO»”

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    1. Pues estás tardando en largarlo todo, amiga

  3. Como siempre que te leo, buenísimo. Sigo asombrada de tu juego de palabras.

    1. Muchas gracias, Ana!!! No sabes cuánto me emociona que te guste.

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