SIN FILTROS

Una caja. Así de simple. 

 

Puede ser una caja de zapatos; el bonito embalaje de algún pequeño electrodoméstico último modelo que tu padre llevó una vez a casa; de castizas galletas Campurriana o de las más cool galletas inglesas de mantequilla. Esas que principios de los 80′, tu madre sacaba como por arte de magia para las visitas, sin tú saber muy bien de dónde ni por qué; y que al tiempo supiste que se las había regalado un tío segundo tuyo, como el más deseado souvenir de la Gran Bretaña y que trajo de su «modernísima» visita relámpago a Gibraltar. ¡Ah! y lo mismo que aparecían volvían a desaparecer en ese secreto agujero negro que toda madre tiene, ya os lo digo.

 

Una caja. ¿Así de simple?

 

No. ¡Así de Valiosa! De hecho, estoy segura de que es la caja más valiosa del mundo.

 

LA CAJA DE LAS FOTOS

 

Esa que parece estar abandonada en el altillo del armario empotrado de la «salita» de tus padres, pero que cuando lo abres buscando un colcha porque has ido a pasar el puente del Pilar y parece que, por fin, esa noche ya refresca, la encuentras allí, al fondo, como un tesoro escondido en el que relucen esas joyas multicolor de Kodak, o las aún más preciosas perlas en blanco y negro.

 

Una caja que contiene a todos los tuyos. A todo lo que te ha importado desde que abriste los ojos. De todo y de todos los que te han hecho, trocito a trocito, experiencia tras experiencia. Familia. Momentos. Amigos. Risas. La Vida. Tu vida.

 

Y seguro que hay fotos estupendas enmarcadas en el salón, en mesitas de noche, y en preciosos álbumes mega ordenaditos y montados con todo el cariño, que se hicieron a conciencia para lucirlas con orgullo. Pero lo de: —¡Mamáááááá! ¡Mira lo que he «encontrao»!— Eso no tiene precio por muchas veces que lo hayáis hecho.

 

Momentazo, Fabusmías. Eso es un MO-MEN-TA-ZO.

 

Tu madre que te grita desde la otra punta del piso:

—¿Qué dices niñaaaa?

Tu padre que, milagrosamente, le baja la voz a la televisión y te pregunta:

—¿Qué llevas ahí?

Alguna de tus hermanas que dice mientras se relame del gusto:

—¡Sí, sí! ¡La caja de las fotos! 

Y tú que pillas a tu hijo por banda (por no decir del pescuezo, porque sino no hay tu tía de que te preste la más mínima atención), y con todo el orgullo del mundo le dices:

—Niño, siéntate aquí, que ahora vas a ver lo que es una familia de guapos.(¡Qué te echo de menos, Abuela!).

 

Están todas. Algunas tienen más de 70 años, pero ahí siguen, en su sitio, en su caja. EN SU CASA.

 

Metes la mano y remueves, cual azafata del 1,2,3 en busca del sobre ganador, y sacas una foto, da lo mismo, porque sea cual sea seguro que tiene premio. Tu padre y tu madre, presentan a los protagonistas de la instantánea, relatan la anécdota y, mientras lo hacen, no pueden borrar una bonita sonrisa nostálgica de su cara. Tus hermanas y tú escucháis atentamente esa historia de la que os sabéis hasta las pausas, y tu hijo, que de primeras se ha hecho el remolón, ahora lo flipa, porque ya es parte de ese momento tan íntimo y especial que gracias a «vuestra caja» habéis creado.

 

Ahora intento meter la mano en esa «caja tonta» a la que todos vivimos pegados y sacar alguna foto que merezca la pena. Y las hay. Por supuesto que las hay. Porque ahora nuestro fantásticos móviles, con los que nos «afotamos» como si no hubiera un mañana, no nos devuelven una imagen real de lo que hacemos ni de lo que somos, para nada. Ahora, son unas imágenes muuuuuuuucho mejores ¡Dónde va a parar! (Nótese la ironía).

 

¡Benditos filtros! ¿Cómo hemos podido sobrevivir casi toda una vida sin ellos? (Nótese de nuevo una ironía pero de la hostía, ¡ehhhh!)

 

Gracias a la magia de la tecnología, ahora podemos ser mucho más guapas, mucho más delgadas, no tener ni una pajolera arruga ni mancha en la piel, tener los ojos del color que nos salga de los ovarios y estar en el sitio más maravilloso del mundo pasándolo de la leche.

 

¡Oye! ¡Y que eso es cojonudo! Que conste. Que cada cual haga lo que su unicornio le pida (Yo me pido «prime»). Pero me encantaría que las generaciones que no han tenido mi suerte de criarse con un carrete de 12, 21 o 36 fotos (de más no que costaba una pasta), de revelados 2×1 pagados a pachas con tu más mejor amiga, de momentazos captados en un solo disparo tan naturales como la vida misma, de caras con sonrisas auténticas, de recuerdos únicos (porque lo de repetir mil veces una foto era algo que no podíamos ni imaginar)… Puedan de alguna forma disfrutar de su CAJA DE LAS FOTOS y que sea para ellos tan valiosa como lo es para mí la mía. De esas que guarden en lo más profundo lo que más les importe y que cuando la rescaten de su olvido, les recuerden quiénes son. Así. SIN FILTROS.

 

 

 

 

 

4 respuestas a “SIN FILTROS”

  1. Yo también tengo una caja de esas. Es un tesoro. Lo has relatado tal cuál sucede, la caja de galletas inglesas, las fotos, las historias, los recuerdos. Y todos, todos, caben en esa caja. Gracias por traer esos recuerdos. Me coy a buscar la caja!!!!.

    1. ¡Cuídala amiga! Es un tesoro.

  2. Me ha emocionado!!!
    Gracias por traerlo a mi memoria otra vez!!
    Sensible y divertido a la par que gratificante!!

    1. ¡Gracias Fabusmía! Y sigamos atesorando joyitas en nuestras CAJAS.

Deja una respuesta