Relato: «Un nuevo verano». Capítulo 4: El Reencuentro.

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No sé si me duele más el cuello por haberme pasado la noche tumbada en el sofá mirando el portátil. Los ojos, por no haberme molestado ni en ponerme las gafas de cerca que tanta falta me hacen. O el amor propio. Ese que tanto me he jodido durante años gracias a la absurda película que yo misma he guionizado, dirigido y protagonizado, y que ha resultado ser el mayor fracaso de taquilla de todos los tiempos.

Desde mi lado de la cámara el encuadre era perfecto.

Yo, protagonista absoluta de la historia de amor más romántica jamás contada. Mi mejor amiga —bella entre las bellas, y buena entre las buenas—, renunciaba al amor de su vida porque era el mismo que el de la mía, y me lo entregaba en bandeja de plata simplemente para hacerme feliz. Y ÉL. Ese príncipe que ya no era azul pero sí tenía tipazo, mirada derretidora, pícara sonrisa y pelazo rubio de asombrosa personalidad…, aunque yo me negara a ver que era la única que tenía.

Lo dicho: MI PELÍCULA ERA UN FRACASO HASTA EN MI PROPIA MENTE.

Aquel último verano que los tres pasamos juntos, el guión de nuestra realidad fue justo el opuesto. Un par de veranos antes, yo había obligado a Tamara a sellar aquella «Medida Cautelar» disfrazada de Pacto, en la que veladamente la amenacé con que si quería continuar disfrutando de mi exclusiva amistad, no podría arrimarse a Javi a menos de 100 metros. Ella lo intentó. Yo ví que lo intentó y además quise creerlo, aunque no lo hice. Disimulé. Disimuló. Pero los tres sabíamos que aquello solo tendría un final.

En el verano de mis dieciocho, antes de llegar a Torre del Mar a finales de junio, yo ya sabía que aquellas serían las últimas vacaciones tal y como las había conocido hasta entonces. La boutique familiar había caído en picado con la apertura de las grandes cadenas de moda en la ciudad, y la única opción de mis padres para poder salir adelante era vender nuestro querido apartamento de la playa. Fue el verano más triste de nuestras vidas.

Los agentes inmobiliarios entraban y salían de casa, acompañados de potenciales compradores, como si hubiesen comprado la pulserita de un parque de atracciones que les daba derecho a mirar, oler y manosear todo lo que hasta entonces era parte de nosotros mismos. Nunca olvidaré la expresión de vergüenza de mi madre en la que parecía creer que ellos ya eran los legítimos dueños y nosotros solo unos ocupas. Tristeza absoluta.

Pasamos días empaquetando todas nuestras cosas, nuestra vida en cajas, por lo que no tuve ni tiempo, ni ganas de ver a nadie. Ni siquiera a ellos, a Tamara y a Javi. Ella insistía cada día en pasar a buscarme, pero como única respuesta por mi parte solo tenía un: «No puedo, estoy con la mudanza. Ya te llamaré», y desde el balcón la veía marcharse sola en dirección a la playa, aunque no miraba hacía atrás como yo esperaba que lo hiciera. Aquello no era buena señal.

Los pocos ratos en los que me animaba a salir, me iba sola a pasear por las céntricas callejas del pueblo solo para intentar atesorar, como un recuerdo, cada una de las mil veces que, entre risas y gritos, mis amigos y yo habíamos paseado por ellas. O subía por el espigón del final de la playa a sentarme a ver la puesta de sol y desahogarme, llorando la pena de no poder disfrutar de aquello nunca más. Ahora sé que era solo el dramatismo de la juventud. Después he visto mil playas con sus maravillosas puestas de sol y he disfrutado de ellas con personas que ya son parte de mí, pero en aquellos días creí morir.

La noche en la que la pandilla me había organizado una moraga de despedida, yo no tenía fuerzas para enfrentarme a ese momento, por lo que decidí no presentarme en mi propia fiesta. Sabía que Tamara vendría a buscarme en cuanto se diese cuenta de que tardaba, y le pedí a mi hermana que le dijese que estaba enferma.

Solo quería estar sola.

Esa noche también me refugié al final del espigón, hasta que sin darme cuenta la marea había subido tanto que había mojado mis deportivas. Las piedras por las que había cruzado antes, ahora estaban cubiertas de agua y no tuve más remedio que subir a las de arriba para poder regresar a la playa. El faro giró por enésima vez iluminando hasta el último resquicio del paseo marítimo, momento que yo debía haber aprovechado para ver dónde ponía mis pies. Pero no lo hice. Mis ojos no pudieron mirar hacía abajo, solo pudieron mirarles a ellos.

La luz pasó rápidamente sobre aquellas dos melenas rubias que yo tanto adoraba y envidiaba al unísono. Ver a Javi besando a Tamara en aquel banco apartado del paseo, casi me hace perder el equilibrio y caer al mar. No me vieron. No tenían ojos para nada que no fuesen ellos mismos y su deseo reprimido durante años, o eso es lo que yo quería creer, porque si pensaba lo contrario iba a volverme loca, aunque en el fondo supiese que la realidad era la que era.

No recuerdo como conseguí cruzar el espigón, la playa, y llegar a casa sin caerme entre aquel mar de lágrimas. Lo que sí grabé a fuego en mi mente aquella última noche, fue que mi mejor amiga no solo me había robado al chico de mis sueños, sino que también había traicionado nuestra amistad…

A la mañana siguiente cargamos el coche con todas las maletas y mil recuerdos que dolían. No avisé a Tamara para despedirnos como siempre habíamos hecho. Mi rabia por lo que yo consideraba su traición, pudo más que todos aquellos años de amistad.

Subí al coche mientras la escuchaba gritar mi nombre desde su balcón. No pude mirarla. NO QUISE MIRARLA.

Ya veis, no es que siempre me haya montado una absurda película de mi vida, es que la absurda siempre fui yo.

No tardé mucho en encontrar el perfil de Javi en Facebook; horas de otras búsquedas similares avalan mi experiencia; pero más rápida aún fue la decepción. Y más grande. Y más dura.

Al principio me costó encontrar al chico de mis sueños entre aquellos kilos de más y el pelo de menos. Pero la sonrisa picarona y la mirada triste no dejaban duda de que era él. Pero eso no fue lo que me dejó cao.

Caí en picado cuando vi que su perfil de Facebook y el mío eran dos caras de una misma moneda. Miré todas su fotos, una a una, y en ellas solo se veía a un hombre desesperado y que no era más que el triste recuerdo de lo que un día fue… Exactamente igual que yo.

«Tiene un nuevo mensaje de Tamara de la Vega», avisaba incesantemente una burbuja de messenger.

Avergonzada por haber permitido que mi egoísmo ganase la partida a mi somero sentido común, acepté la invitación de «mi amiga». Ella, elegante como nadie, proponía reencontrarnos en aquella heladería de nuestro paseo marítimo donde tantas tardes de confidencias habíamos compartido. No había rencor en sus palabras, solo un deseo verdadero de recuperar el tiempo perdido entre nosotras.

Insisto. Ahora sé que he sido la mujer más absurda del mundo. Y sobre todo sé que no voy a consentirme volver a serlo.

Acepto la cita con un simple: «Allí estaré».

Es el momento de cerrar Facebook y con ello hacer desaparecer al Javi idealizado de mi mente, ese al que ahora ya no puedo soportar, porque además de joderme a mí la vida, también se ha llevado por delante la de Tamara.

Mientras conduzco a la esperada cita con mi amiga, imagino nerviosa cómo será nuestro reencuentro. Sé que ella no dudará en perdonar ese orgullo mío que consiguió separarnos, pero lo que no sé es si algún día yo seré capaz de expresarle cuánto lo siento, aunque ella ya no lo necesite.

Allí está. Me mira sin sorpresa. En sus ojos solo se refleja el brillo que da esa emoción de las primeras veces. ¡Es tan bella!

No puedo frenar las lágrimas, y una frente a la otra nos fundimos en un abrazo que abre de nuevo aquella puerta que yo, un verano de hace mil años, había dejado atrancada.

¡Perdóname!

¿Quieres saber cómo ha vivido este Reencuentro Tamara, la otra protagonista de esta historia? Puedes leerlo aquí.

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