Relato: «Un nuevo verano». Capitulo 2: El Pacto

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No he pegado ojo. El mensaje de Tamara ha estado pasando en bucle toda la
noche por mi mente y, además de una gran sorpresa, me ha dejado una
sensación agridulce en el pecho.

Nunca se lo dije, pero ella era todo lo que yo siempre había querido ser. No solo la admiraba y envidiaba a partes iguales por la luz que desprendía su piel clara y esa infinita melena dorada, sino porque, por mucho que yo lo intentara, jamás tendría su elegancia natural.
Nuestros mundos se cruzaron solo por casualidad. Aunque su familia y la mía
eran, socialmente hablando, polos opuestos, ambas decidieron comprar un
apartamento de vacaciones en la misma urbanización. A mí no dejaba de sorprenderme que en casa de Tamara la tele no estuviese siempre a todo volumen y que su madre no tuviera que gritar constantemente para que sus hijos le hicieran caso.
Todo estaba siempre ordenado, pulcro… en su sitio. Para mí, estar allí era como una visita escolar a una biblioteca o a un museo, en la que la profesora, antes de entrar, ya me había advertido hasta la saciedad que no se me ocurriese tocar nada.
Tamara pronto se dio cuenta de que yo no era la misma durante aquellos ratos
que pasábamos en su casa. Que me sentía incómoda, incluso avergonzada. Sus padres le tenían prohibido salir sin ellos y, mucho menos, ir a casa de nadie. Pero ella, con su encanto natural, siempre terminaba camelándoselos entre excusas y arrumacos.
Fue entonces cuando Tamara comenzó de verdad a formar parte de mi mundo. Le encantaba estar con mi familia. Al principio le costó entender cómo mis padres tenían aquella relación tan natural con mis hermanas y conmigo. Lo mismo nos enfadábamos como si se fuese a acabar el mundo que, a los treinta segundos estábamos besándonos y achuchándonos sin medida.
Aquello era algo que ella no había conocido jamás.
Su vida de niña de alta sociedad madrileña, no tenía nada en común con la mía: hija de trabajadores que, con gran esfuerzo, habían convertido la antigua mercería familiar en la boutique de moda del momento en Córdoba. Siempre he pensado que conocer las vulgares rutinas de mi familia, fue uno de los mejores descubrimientos de su vida. Desde entonces y durante aquellos siete veranos que pasamos juntas, fuimos inseparables.
Y así, con la misma naturalidad por mi parte, y asombro por todo aquel mundo nuevo para ella, la introduje en la variopinta pandilla que yo misma había ido formando desde mi primer verano en Torre del Mar. Y aunque yo me había adjudicado el papel de ser su sombra protectora, Tamara pronto demostró merecer un sitio entre nosotros por méritos propios.
Ella que solo había vivido rodeada de disciplina férrea y estrictas rutinas, a mi lado descubrió todo un mundo de aventuras, risas, amistad, y lo que tanto había deseado sin ni siquiera saberlo: LIBERTAD.
Pasaron un par de veranos y aquellas mañanas de juegos en el agua y tardes de carreras, bicicletas y helados; se convirtieron en paseos interminables por el pueblo para lucirnos delante de aquellos chicos que, años atrás, nos habían bautizado como las «Zipi y Zape» y que ahora nos buscaban subidos en sus estruendosas motos solo para llamar nuestra atención o, los más valientes, para invitarnos a salir. Propuestas que, por supuesto, nosotras siempre rechazábamos solo por darnos el gusto de hacerles de rabiar. Aún así, nos dejábamos querer. Bueno, yo más que Tamara. Ella prefería no ser la protagonista de aquellos momentos. Parecía como si quisiera observar las escenas desde fuera para empaparse de aquellas formas y maneras de actuar tan distintas a las suyas, solo con la intención de atesorarlas como el mejor de los recuerdos y poder rememorarlas después en sus largos inviernos solo cargados de obligaciones.
Aquel fue uno de nuestros “juegos” favoritos durante aquellos años de adolescencia, aunque no todos sabían apreciarlo.Él, Javi, nunca fue uno más entre los muchachos del pueblo. Aunque su familia era natural de Torre del Mar desde hacía generaciones y él también había nacido allí, destacaba entre los demás chicos. No sabría explicar muy bien por qué. Supongo que aquella intencionada mirada triste y su comportamiento tranquilo y distante, tan diferente a las actitudes escandalosas e incluso algo cafres de sus amigos, era lo que lo distinguía y tanto nos llamaba a nosotras la atención. Eso, y que nunca pareció hacer demasiado caso a nuestras fantásticas quince primaveras.
Si iba solo, nunca se paraba a hablar con nosotras como hacían todos los demás, mientras alardeaban de músculos bajo sus estrechas camisetas siempre manchadas con algún tiznón de grasa por haber estado arreglando alguna de sus motos. Como mucho, nos saludaba desde lejos sin apenas mirarnos, aunque después siempre se echaba para atrás aquel mechón rubio que le cubría eternamente un ojo, en un gesto con el que él se sabía tremendamente sexy.
¡Nos volvía locas!
Pero un nuevo verano y algo de más “hechuras” en nuestros cuerpos aún
adolescentes, dieron un giro de 360º a todo aquello.Tamara y yo comenzamos a tener como único objetivo ver a Javi todos los días. Para ello, resultó indispensable enredar a sus amigos diciéndoles que nosotras estaríamos a una hora determinada en un sitio en concreto, y ¡Voila! No fallaba. Ellos acudían como moscas a la miel y se encargaban de que Javi siempre les acompañara. Sabían que era el gancho perfecto con las chicas que veníamos de
fuera.
Pero desde el primer momento me di cuenta de que algo no iba bien. Era algo
que nunca me había pasado antes y que aún tardé algunos días en detectar, pero lo que sí sabía es que aquello no me gustaba.
Hasta entonces, yo siempre había sido el centro de atención para todo el mundo, y en aquellas tardes viendo la puesta de sol sobre las rocas, rodeada de aquellos chicos mayores, sabía que también lo era. Aunque no para Javi. Sé que me miraba, de hecho casi que no apartaba la vista de mí, pero de lo que estoy segura es de que no me veía.Todos reían con mis gracias, escuchaban absortos las anécdotas que les contaba por decenas, intentaban que les prestase toda mi atención y se volvían locos si les pedía que me acompañaran a casa.
Pero Javi no. Él solo me miraba sin prestarme la más mínima atención. Era como si fuese inmune a mis encantos, y yo no podía entenderlo.Una de tantas tardes que pasamos todo el grupo juntos en la playa tumbados en
la arena con las cabezas apoyadas sobre la tripa de otro, charlando entre risas de lo bien que lo habíamos pasado la noche anterior en una de aquellas inolvidables moragas, comenzó a soplar algo de viento y Tamara se incorporó para coger una toalla con la que taparse. Antes de que le diera tiempo a levantarse, Javi se quitó la sudadera que llevaba puesta y la pasó sobre las cabezas de todos estirando el brazo hasta ella. En ese preciso instante descubrí que, por mucho que yo lo intentase, él jamás me miraría como acababa de hacerlo con ella.
No le di tiempo a que se la pusiera. ¡Vámonos! Le dije a Tamara sin mirarla. Ella
que no podía imaginar qué acababa de pasar por mi cabeza para querer salir
corriendo justo cuando tan bien lo estábamos pasando, me miró con una expresión de no entender nada, pero no lo dijo. Se limitó a devolverle la sudadera a Javi con un gracias apenas audible, se levantó de la arena y se colocó detrás de mí esperando a que yo comenzase a caminar.Nunca supe si aquella tarde Tamara se dio cuenta de que Javi ya estaba loco por ella, pero yo no pensaba permitir que aquello acabase así. La quería con locura y en aquellos años yo hubiera hecho cualquier cosa por ella. Cualquier cosa menos
aquello.
Si Javi no era para mí, tampoco lo sería para ella.
Llegó septiembre, las tardes eran cada vez más cortas, hacía fresco y la playa se vaciaba de turistas. Los chicos dejaron de bajar a vernos a diario, supongo que el viento y aquel desplante mío, hicieron que se dieran cuenta que solo éramos un capricho más de verano.
Tamara y yo pasábamos más rato en casa y menos tiempo juntas. Sus padres la obligaban a prepararse para las clases que comenzarían en un par de semanas. Aún así, yo seguí yendo a buscarla cada tarde. Creo que fue mi último día de aquel verano. Era un jueves. Mis padres tenían que regresar a Córdoba el fin de semana. Debían preparar la boutique para su reapertura del lunes con la temporada de otoño. Mi apartamento era un revuelo de ropas y maletas, jaleo que aproveché para gritar a mi madre desde la puerta que iba a casa de Tamara a despedirme de ella y de su familia. No subí. Me limité a llamarla por el portero automático. Estuve un buen rato esperándola mientras ella convencía a su madre de que solo sería un momento y que en cuanto
volviera terminaría los ejercicios de alemán que estaba haciendo.
Nada más salir del portal le dije que diésemos un paseo por la playa. Cabizbajas, una al lado de la otra comenzamos a andar sin hablar.Creo que Tamara creía que íbamos a tener el numerito de llantos y abrazos con el que nos despedíamos cada verano, así es que la dejé hablar. Como siempre me prometió que me escribiría cada semana y que me llamaría por teléfono siempre que se quedara sola en casa. Pero esta vez no encontró en mí la respuesta que esperaba.
La miré fijamente y, sin darle tiempo a reaccionar, le dije que teníamos que hacer un pacto para prometernos que ninguna de las dos saldría nunca con Javi aunque él se lo pidiera. Dejó de caminar y comenzó a remover la arena con su pie intentado darse tiempo para buscar una respuesta que no me disgustara mí pero que tampoco la comprometiese a ella. Su reacción fue la respuesta a todas mis dudas.
Ella ya le había elegido a él, pero cuando levantó la cara no pudo sostenerme la mirada y simplemente me dijo: De acuerdo Carmen, nuestra amistad siempre estará por encima de todo.

¿Quieres conocer el relato de la otra protagonista de esta historia, TAMARA? Puedes leerlo aquí.

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