LA TIRITA ¿MÁGICA?

Una tirita a tiempo, bien puestecita por tu madre, después; su sana, sana, culito de rana, si no se cura hoy, se curará mañana; y por último, ese beso depositado sobre la propia tirita con todo el cuidado del mundo… ¡Y hala! ya estaba curada cualquier herida que tú, como bestiecilla parda de la vida, de aquellas que aún nos criamos haciendo el cafre en la calle con la pandilla, te hacías un día sí, otro también y, por supuesto, el de en medio que no faltase.

Eran mágicas. Aquellas tiritas tenían el poder absoluto de solucionarlo todo. Solo hacía falta un par de minutos para que aquel llanto desconsolado de dolor insoportable se convirtiera, primero, en un leve gimoteo, para desaparecer después, tras un breve pucherito reconvertido en una mocosa sonrisilla de: ¡Eah! ¡Aquí no ha pasado ná!

Aunque tú permanecías, ahí, inmóvil. Con los ojillos llorosos clavados en los de tu madre. El dolor ya no existía. La tirita mágica lo había hecho desaparecer y, tus amigos —que habían observado toda la operación tan de cerca como si fuesen alumnos de enfermería en prácticas—, ya habían echado a correr olvidándose de tu gravísimo accidente. Pero tú sabías qué, hasta que “tu salvadora” no te diese una palmadita en el culete y pronunciase las palabras clave: ¡Hala, a seguir jugando! No tenías el alta definitiva para volver a tirarte al barro.

Pero ¿Y si las tiritas fuesen solo eso: tiritas? ¿Y si la magia no fuese un truco, sino magia de verdad?

Porque después, cuando creciste y, algo o alguien te arañaba hasta hacerte sangrar; pero tú ya creías que no necesitabas a mamá para nada; rebuscabas en el fondo del cajón de las cosas inservibles, intentando encontrar una caja de tiritas o, con suerte, alguna que se quedó por allí despistada.

Y allí estaba, vieja, desgastada y con el plástiquillo protector casi despegado, pero no importaba, porque las tiritas siempre habían sido mágicas ¿por qué aquella iba a ser menos?

No lo pensabas más «ésta me vale», te decías, y sin saber muy bien cómo hacerlo, te la colocabas sobre la herida, casi siempre torcida, arrugada y sin pararte a pensar que, antes de poner la tirita, hubiera estado bien desinfectar un poco. Pero ¿para qué? Si es una tirita mágica. «En un santiamén está esto más que curaito».

Convencida, seguías a tu rollo, a tus cosas de “soy más chula que una gamba” y ¡¿Qué sabrá mi madre de la vida?! Pero bajo la tirita, que ya estaba casi despegada, la herida hacía “Bum-Bum, Bum,Bum”, y dolía… ¡telita que si dolía! Y a la mañana siguiente, la tirita aparecía hecha un gurruño entre las sábanas que algún restregoncillo de lágrimas habían pillado.

«¡Vaya mierda de tirita! Es que las de antes eran mucho mejores», te oías decir a ti misma como si la que hablase fuese tu abuela, con tal de no reconocer que la tirita era la misma de siempre, pero que tú, ahora, no sabías dónde ni por qué había perdido la magia.

Y el tiempo trajo nuevas heridas. Algunas tan insignificantes que ni te molestaste en limpiarlas, pero también otras de las que hacen pupa de verdad, de las que, si no se curan a tiempo, se enquistan y te joden de por vida.

Pero ahora ya eras consciente de que la magia no estaba en la tirita, sino que la verdadera magia era el beso que tu madre te daba sobre la herida, con la presión justa para sanar sin provocar más dolor. Que la auténtica magia estaba en su cara de preocupación cuando te veía caer y después acudías corriendo a ella con las rodillas ensangrentadas, pero, sobre todo, en su expresión de tranquilidad y en su sonrisa de cariño, cuando comprobaba que solo era un rasguño.

«Nunca es tarde», te dices, y vuelves a ella, a MAMÁ, y aunque no le enseñas esas heridas que jamás se cierran, y ya sepas curarte los golpes y arañazos, sabes que serán sus besos y sus sonrisas las que te sequen todas las lágrimas y te devuelvan la alegría, las ganas y la fuerza para seguir jugando.

Y todo estará bien…

Pero un día te darás cuenta de que ELLA también rebusca en los cajones alguna tirita con la que cubrir viejas o nuevas heridas, y ahí estarás tú, para ser su magia sin necesidad de ponerle parches a la vida… sin trucos, sin juegos. Solo eso… AMOR y BESOS.

 

A mi madre, que nunca quiso ser protagonista de nada, pero que siempre lo será en la vida de sus cuatro hijas y del que fue su único amor.

 

 

 

 

 

 

6 respuestas a “LA TIRITA ¿MÁGICA?”

  1. ¡Que grande eres, amiga! Me encanta esta reflexión, la magia de las madres es algo que no se encuentra en ningún otro sitio.

    1. A presumir de ellas y de nosotras mismas. Gracias amiga!!! ❤️

      1. Precioso y sentido, que verdad más bien explicada.
        La magia de las madres.

        1. Gracias!!!

  2. Pues aquí me hallo, buscando la tirita que cure la penita que me has dejado en el corazón con este relato tan bonito y taaaan triste.

    1. Míralo por el lado de la son-risa… Tú eres esa tirita mágica para los tuyos y para todos a los que nos repartes esa alegría tan especial. Y piensa que aún tienes a «tu tirita» cerca, así es que ahora, disfrútala. Gracias amiga. ❤️

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